Cracovia frente a Europa

Prof. Jacek Purchla

Cracovia a menudo es percibida como el corazón de Polonia y “la más polaca de todas las ciudades”. A pesar de que las fronteras de Polonia han cambiado varias veces, Cracovia siempre le ha pertenecido. A la vez, es el lugar más cosmopolita en tierra polaca; aquí, no solo se importaban diferentes influencias extranjeras, sino que también se las transformaba de manera creativa.

Actualmente, el mito de la antigua capital polaca, un lugar simbólico tanto en la política como en la vida nacional de Polonia, debe interpretarse desde la perspectiva más amplia de la Europa que se está uniendo. Si el complejo de Europa Central ha sido demostrar constantemente su europeísmo, entonces Cracovia no tiene que demostrarlo: siempre ha constituido el capítulo polaco del patrimonio europeo.

Ciudad creativa

Cracovia es una de las ciudades definidas por los ingleses con el término creative cities, es decir, aquellas que han contribuido de manera creativa a la formación de los valores universales de nuestra civilización, al mismo tiempo conservando su carácter local y creando una identidad única. Además, está estrechamente relacionada con las características específicas y con el genius loci de Europa Central. Tres ideas de Europa Central: hanseática, jaguellónica y habsburga, coinciden con los tres períodos del mayor desarrollo civilizatorio de Cracovia. Dos de ellas corresponden a la Edad Media. Todas iban a confluir en Wawel, a finales del siglo XIII y principios del siglo XIV. Cracovia es la única ciudad que combina de forma tan creativa y armoniosa las influencias de tres ideas de integración muy diferentes, presentes en el área de Europa Minor.

Civitas Cracovia

Si observamos dos aspectos principales del desarrollo de la civilización europea, el cultural y el económico, vemos claramente la progresiva integración de la República Checa, Polonia y Hungría con la Europa carolingia, en los siglos XII y XIII. Dicho proceso se relacionaba, entre otros, con el programa económico cisterciense y, sobre todo, con los grandes grupos de colonos que, en aquel entonces, iban de oeste a este y transmitían el modelo de asentamiento de Europa Occidental a la República Checa, Polonia y Hungría. El gobierno municipal se convertía en uno de los pilares de la urbanización europea y adquiría gradualmente nuevos derechos y privilegios.

Cracovia llegó a ser un símbolo especial de la nueva dimensión de la urbanización. La Edad Media fue la creadora de la metrópolis europea, ubicada al pie de Wawel, el cerro sagrado de los polacos. Dicha creación fue determinada no solo por las funciones de capital que cumplía Cracovia, sino también por haber aprobado un nuevo modelo de asentamiento. Cracovia, reorganizada a mediados del siglo XIII según la ley alemana, planificada como una extensa ciudad colonial, rápidamente se transformó en uno de los mayores emporios comerciales de la Europa medieval tardía. Su forma urbana de aquel entonces, particular y perfectamente legible hasta la actualidad, se convirtió en la primera contribución creativa de Cracovia a la civilización europea.

En esto radica también la paradoja de la invasión de las hordas mongolas de Gengis Kan que, al destruir, fortalecían el poder de la civilización de la Europa latina. Lo confirman tanto las medievales iglesias defensivas de Transilvania, como el ejemplo de Cracovia. A pesar de que fue arruinada materialmente en el año 1241, sobrevivió y demostró la fuerza de su continuidad como civitas, entendida no como una estructura física, sino como algo más: ciudad como una etnia, una combinación de funciones, un proceso, o, quizás, principalmente como una idea. El cataclismo se convirtió en un impulso y una oportunidad para crear algo único. Cracovia aprovechó dicha oportunidad. El impulso provenía del gobernante, el duque de Cracovia, Boleslao V el Casto. La base de la nueva organización de la ciudad fue la carta fundacional, emitida por el duque en el año 1257, que abrió una nueva era en la historia de Cracovia. Hasta aquel entonces, el proceso de urbanización en Cracovia estaba determinado principalmente por el autodesarrollo de las funciones y del espacio urbano. Cracovia se incluyó en el marco del plan de la gran fundación. Su escala y simetría de la ordenación urbanística sin precedentes hacían que Cracovia ocupara un lugar único en la historia de la civilización en aquella época. La Plaza Mayor, una de las plazas más grandes de la Europa medieval, sorprende por su regularidad y planificación muy adelantada para su época, fusionada armoniosamente con los elementos del estilo urbanístico anterior. Cracovia, liberada de los estrechos callejones característicos de las ciudades medievales, en 1257 recibió un plan, que hasta la actualidad constituye la base de su desarrollo metropolitano.

El Derecho de Magdeburgo, en el caso de Cracovia, se convirtió en el modelo del sistema político y sus primeros ejecutores provenían de Silesia. Al igual que en toda Europa Central de aquel tiempo, la cultura de la lengua alemana desempeñó un papel importante en la formación de la nueva Cracovia. La afluencia de los colonos alemanes introdujo la pluralidad étnica en la vida de la naciente metrópolis.

En el siglo XV Cracovia fue una de las ciudades más grandes de Europa Central. Además, a partir de la batalla de Grunwald en 1410 y la magnífica victoria de Vladislao II Jagellón sobre la Orden Teutónica, se convirtió en la capital de una potencia europea, que se volvía cada vez más fuerte. Paralelamente a la importancia política de la urbe aumentaba su poder económico. Tanto la fortaleza de la corte como el florecimiento de la ciudad favorecían el desarrollo de los entornos intelectuales y artísticos. El esplendor de los últimos años del reinado de Casimiro IV Jagellón y la obra de Wit Stwosz constituyeron la culminación de una época próspera en la historia de Cracovia, que se mantuvo a lo largo del siglo XV.

Cracovia Jaguelónica y la República de las Dos Naciones

En el siglo XVI Cracovia como la capital de un extenso imperio influía desde el extremo sudoeste del estado jaguelónico hacia las vastas zonas de Lituania y Rusia. Aquí se llevaban a cabo las reuniones de la cámara baja del parlamento polaco, convocadas por el rey y, al mismo tiempo Wawel, el nido de la dinastía, fue uno de los centros políticos más importantes de la Europa de aquel entonces. El reinado de los últimos Jagellón, lleno de esplendor, era el período de mayor importancia de Cracovia en el mapa de Europa Minor. La pluralidad étnica que caracterizaba a la metrópolis se reflejaba en la presencia de grandes grupos de judíos, alemanes, italianos, rusos, húngaros y escoceses en los alrededores de Wawel. A la vez Cracovia era el auténtico centro de la cultura polaca. Bajo el reinado de los Segismundos Cracovia no solo importaba varias influencias extranjeras, sino que también las transformaba de manera creativa, convirtiéndose en un centro de formación, que llegaba mucho más allá de las fronteras del imperio jagelónico.

A mediados del siglo XVI la aglomeración de Cracovia tenía alrededor de 30.000 habitantes, de modo similar que la Praga imperial, la ciudad más grande de Europa Central. Praga y Cracovia no se podían comparar en cuanto a su tamaño e importancia económica con las metrópolis de Roma, Venecia, Nápoles, Constantinopla, Lisboa, París, Londres o Amberes. Sin embargo, gracias a su complejidad y a la importancia de sus funciones, adelantaban a otras ciudades de Europa Central como Gdansk, Kaliningrado, Vilna, Riga, Kiev, Leópolis o Breslavia.

No obstante, el éxito pronto se convirtió en la razón de la caída. La idea de unirse con Lituania, que surgió en Cracovia a finales del siglo XIV, finalmente resultó ser una amenaza para las funciones de capital que poseía Cracovia. Además, dicha idea estaba relacionada con la evolución del sistema político del país en los siglos XV y XVI. La República de la nobleza, en la que se convirtió Polonia en el siglo XV, basaba su existencia política en el parlamentarismo nobiliario. Cracovia, situada en las periferias del país, que se extendía hacia el noreste, por razones prácticas no podía ser el lugar en el que se convocaban las reuniones de la cámara baja del parlamento polaco. Si se considera que la capital de un país constituye a la vez la sede de sus autoridades supremas, Cracovia, a partir del siglo XVI, perdía gradualmente dicha función. No obstante, durante mucho tiempo Cracovia mantuvo tanto oficialmente como en la práctica, varias funciones de capital, según su definición de la época feudal. Era aquí donde se encontraban los símbolos del poder estatal: la tesorería y el Archivo de la Corona. Aquí, casi hasta el final de la República, se llevaron a cabo los actos estatales de mayor importancia, incluidas casi todas las coronaciones y bodas reales.

Capital espiritual de la nación

Su leyenda como capital, ya a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX se convirtió en un factor que determinaba el destino de Cracovia, que, además, se transformó en el escenario natural del último gran intento de salvar la soberanía de Polonia. Aquel intento fue la Insurrección de Kościuszko iniciada el 24 de marzo de 1794. De manera inesperada, durante el Congreso de Viena, Cracovia ganó una nueva posición como capital. En 1815, la ciudad se convirtió en el objetivo de una dura competencia entre las tres potencias invasoras, ya que aún representaba el símbolo de la soberanía polaca. Como resultado de un compromiso entre Austria, Prusia y Rusia en los años 1815-1846, oficialmente Cracovia pasó a ser una república independiente (Freistaat Krakau) bajo la “protección” de las tres potencias.

El siglo XIX conllevó grandes cambios en el sistema de asentamientos en Europa. Cracovia, debido a cierta combinación de factores políticos y económicos, seguía siendo una ciudad no industrializada y con una dinámica de desarrollo relativamente baja, hasta finales del siglo XIX. Estaba limitada por las fortificaciones austriacas y era relativamente pequeña y pobre. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XIX, cuando su situación era difícil y complicada, resultó posible encontrar una oportunidad de desarrollo para la ciudad. Se trata del giro hacia el liberalismo, que tuvo lugar en Austria en los años sesenta, y, por otro lado, de la fuerte tradición de la metrópolis. En eso consiste el fenómeno de la Cracovia de aquella época. Demuestra que no existe una simple relación entre el tamaño de una ciudad y sus funciones metropolitanas e ilustra perfectamente el poder de la tradición como un factor importante de la creación urbana. Cracovia, gracias a su grandioso pasado, se convirtió en el lugar que unía a todos los polacos y por eso fue aquí, no en la ciudad capital de Leópolis, donde nació el centro de la vida nacional polaca.

El desarrollo de Cracovia a finales del siglo XIX y principios del siglo XX surgió de muchas contradicciones. Las deficiencias del sistema económico de la ciudad fueron compensadas por el hecho de que Cracovia poseía un significado muy importante para los polacos. Su función como capital espiritual de la nación se oponía a la función de una fortaleza fronteriza y una guarnición provincial de un ejército extranjero. Desde el punto de vista de una gran metrópolis cosmopolita, en la que se convirtió Viena a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, Cracovia era apenas una ciudad periférica de tamaño medio. Desde el punto de vista de la razón de Estado polaco, aunque era pobre, ejercía la función de capital de una Polonia inexistente. Estas y otras antinomias demuestran el fenómeno de Cracovia y el carácter excepcional de su situación bajo el dominio austriaco. La Cracovia de aquel entonces no era solamente la Atenas polaca, era también el Piamonte polaco. Leópolis, a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, fue la capital de Galicia, la provincia más grande de Austria. En cambio, Cracovia fue principalmente el centro de integración de la vida nacional polaca, sobre todo después de que la revolución del año 1905 fuera suprimida. Al borde de la Primera Guerra Mundial, constituía el centro de las actividades de los grupos independentistas más importantes. Además, aquí operaba Józef Piłsudski, quien en agosto de 1914 encabezó las legiones polacas y salió de Cracovia para luchar por la independencia contra Rusia, aunque aún al lado de Austria.

Poder del patrimonio

Cracovia es una de las antiguas ciudades de nuestro continente, en las que el pasado y la tradición determinan de manera fundamental el desarrollo contemporáneo. Además, de todas las ciudades tan grandes como Varsovia, Berlín, Praga, Bratislava, Viena y Budapest, con funciones metropolitanas históricamente formadas, es la única degradada a nivel de una ciudad provincial. Actualmente, el patrimonio cultural de Cracovia debe interpretarse no solo desde una perspectiva nacional, sino que también universal. El potencial del patrimonio constituye el capital natural con el que Cracovia entra en el siglo XXI. Es su primera función metropolitana, que incluso hoy en día determina su posición en Europa. Su fuerza está determinada por el arquetipo de la capital espiritual de la nación, consolidado en los siglos XIX y XX. Mantiene el rol fundamental de Cracovia como un factor que une a los polacos, y al mismo tiempo, influye en la gran popularidad de la ciudad tanto en Europa como en el mundo. Además, dicho patrimonio cultural posee una dimensión material: se trata de un histórico tejido urbano perfectamente conservado y de los monumentos de primera clase; su valor universal, se confirmó, entre otros, en el año 1978 cuando Cracovia fue inscrita en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Además, no se debe olvidar del aspecto social del patrimonio: Cracovia, la única gran ciudad histórica en la actual Polonia, que sobrevivió la tragedia de la Segunda Guerra Mundial sin daños materiales, constituye un símbolo de duración y continuidad. La segunda función metropolitana de Cracovia, relacionada con la anterior, es su potencial intelectual y artístico. La potencia cultural creadora que posee Cracovia se refleja en su denominación habitual: la capital cultural de Polonia. Con ello se relaciona su tercera función: Cracovia se ha convertido en el centro del turismo internacional.

Patrimonio y turismo

Después del 1 de mayo de 2004, tras la adhesión de Polonia a la Unión Europea, Cracovia se ha convertido en uno de los mercados turísticos más dinámicos del continente. En el aeropuerto de Balice se puede observar el desarrollo vivo del turismo internacional. Los aviones llegan llenos de turistas de Europa Occidental que vienen para pasar un fin de semana o por más tiempo. A algunos los atraen los monumentos y los museos, a otros el ambiente de la ciudad, sus clubes, pubs y restaurantes. Muchos visitan los lugares inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, muy populares son sobre todo la Mina de Sal „Wieliczka” y el Museo Auschwitz-Birkenau.

Uno de los factores que más influye en el aumento del tráfico turístico es el hecho de que Małopolska (La Polonia Menor) es la tierra natal de Juan Pablo II. Peregrinos de varias decenas de países visitan el Santuario de la Divina Misericordia de Łagiewniki, consagrado el 17 de agosto de 2002 por el Papa polaco durante su última peregrinación a Polonia. Según las investigaciones el 25 por ciento de todos los peregrinos son extranjeros, principalmente de Europa, pero también de Filipinas, Costa Rica, Cuba, Japón, Corea del Sur, Estados Unidos, así como ucranianos y rusos …

¡El turismo cultural se ha convertido en un elemento esencial del crecimiento económico de Cracovia y de la región! El mercado de servicios turísticos se está desarrollando rápidamente, incluidas las inversiones en hoteles y restaurantes. Este hecho mejora de manera significativa tanto el mercado laboral como la base impositiva de la región. La importancia de la cultura y del patrimonio para el desarrollo económico de la capital de Małopolska está creciendo.

El éxito del turismo demuestra que Cracovia ha superado los efectos de la crisis causada por el comunismo. Actualmente, Cracovia está de moda. Su cambio de imagen se logró gracias a la nivelación del desastre medioambiental y a la rápida eliminación de sus consecuencias en el área de conservación de monumentos. Esto fue posible, entre otros, gracias a una forma particular de patrocinio estatal, que es el Fondo Nacional para la Renovación de los Monumentos de Cracovia, establecido por el parlamento. En más de diez años, con el presupuesto central, se financiaron los costosos trabajos de conservación de cientos de edificios históricos. De esa forma se cambió por completo la imagen del centro de Cracovia y también de Kazimierz, el antiguo barrio judío, que hace diez años simbolizaba el mal destino de las propiedades que pertenecían a los desheredados en Europa Central.

A la vez, la ciudad intenta recuperar la tradición de la pluralidad étnica, perdida como consecuencia del Holocausto. Lo refleja tanto el fenómeno del Festival de la Cultura Judía, que desde 1988 reúne cada junio al público de todo el mundo, como la popularidad del barrio Kazimierz. Este último, se convirtió ante nosotros en un laboratorio cuyo objetivo es recuperar la memoria de un mundo que ya no volverá y, al mismo tiempo, constituye una parte inherente de la identidad de Europa Central. Al final, la experiencia que resulta más sorprendente: la reinterpretación del patrimonio de Nowa Huta. Actualmente, la “Magnitogorsk polaca” no solo es un símbolo de la sovietización de Polonia, sino también la cuarta etapa de una gran formación urbana en Cracovia, que transciende lo local. A la vez constituye una leyenda de la lucha por la dignidad, la leyenda de “Solidaridad”.

Sin ninguna duda Cracovia es el escenario de una confrontación dinámica entre la civilización contemporánea y el patrimonio del pasado. El patrimonio es memoria, elección e identidad. Por ello, Cracovia actualmente está escribiendo nuevos capítulos del patrimonio polaco para Europa y para el mundo. Después de la muerte de Juan Pablo II en 2005, Cracovia de forma natural se convirtió en el guardián de su memoria y su legado.

La diversidad, la integridad, la continuidad, la autenticidad, la representatividad, la clase artística del patrimonio arquitectónico, todo esto determina tanto la importancia del patrimonio de Cracovia, como la estrategia de su protección, en particular su complejidad. La base de dichas actividades constituye la constante reinterpretación del patrimonio.